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Daniel

Organizador Comunitario Colobiano: Un Espacio Seguro en una Institución Religiosa

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Hay muertes. Todo a lo largo de su historia hay muertes. La primera le llegó antes de cumplir su primer mes: mucho después sabría que su padre fue, entonces, asesinado por un grupo parapolicial.

Yo nunca tuve padre, pero tardé muchos años en preguntar por qué. Ya tenía como dieciocho años. Antes yo no quería saber, y nadie me había contado nada.

Cuando preguntó, Daniel supo que a su padre lo mataron Las Rayas, "un grupo de limpieza que se dedicaba a asesinar ladrones, drogadictos". Y que su padre "robaba, pero sólo a la gente que tenía" y que había empezado a cambiar, que "quiso cambiar pero su pasado no le perdonó nada": los paramilitares lo secuestraron, lo torturaron varios días y al final lo dejaron, muerto, en un descampado cerca de su casa.

Daniel nació en 1981 en un barrio pobre de Barrancabermeja, una ciudad de 300.000 habitantes en el Magdalena Medio, una de las zonas más violentas de Colombia. Cuando Daniel tenía cinco años, su madre, que trabajaba como empleada doméstica y se sentía abrumada de tener que cuidar a sus siete hijos, se lo llevó a su abuela paterna. A partir de entonces, Daniel viviría con su abuela, una tía, un primo. Su abuela le compró su primera pelota: Daniel estaba encantado. Cuando empezó la escuela, descubrió que le gustaba y no le resultaba complicado, pero lo que lo enloquecía era el fútbol.

Daniel se pasaba las tardes en la cancha, jugando con amigos, charlando, haciendo bromas: aprendiendo a ser un chico de su barrio. De vez en cuando su abuela lo llevaba a la iglesia, pero Daniel no le prestaba mucha atención. Barrancabermeja es el centro del petróleo colombiano, una ciudad con larga tradición de luchas sindicales y violencia. En los años noventa, la ciudad y su región estaban dominadas por un grupo armado marxista, el Ejército de Liberación Nacional (ELN). Los guerrilleros tenían gente en el barrio; de vez en cuando mataban a un ladrón, a un drogadicto, "para dar el ejemplo". Daniel creció sabiendo que era mejor mantenerse apartado, pero no era fácil: cuando tenía trece años, una tarde, un grupo del ELN se apareció en la esquina donde su amigo Alejandro, de diecisiete, jugaba a las cartas con otros muchachos.

Los tipos sacaron las armas y lo obligaron a ponerse de rodillas y a pedirles perdón porque había tenido algo que ver con la novia de uno de ellos.
Y ahí mismo lo mataron, de rodillas, le dieron un tiro en la cabeza delante de los demás amigos. Por envidia, nomás, lo mataron, por celos. La muerte así no se justifica.

Y se sabía quiénes eran los asesinos?

Sí, porque para llegar a buscarlo fueron preguntando por el barrio dónde vivía, así que muchos los habían visto, pero todos vivíamos con temor de las represalias.

Seguían las muertes. Poco después fue el turno de su abuela, y Daniel tuvo una época oscura. Ya no le iba bien en el colegio y no sabía qué haría de su vida. Lo único firme era el fútbol: Daniel jugaba cada vez mejor y, a los dieciséis años, llegó a debutar en el equipo profesional de Barrancabermeja. Ya se imaginaba como un verdadero futbolista, uno de esos que veía por la televisión, hasta que una lesión en el tobillo acabó con sus ilusiones deportivas.

En 1999, Daniel estaba por terminar el colegio secundario y grupos paramilitares aliados a narcotraficantes intentaban conquistar Barrancabermeja. La batalla duró, calle por calle, violenta, intermitente, casi cuatro años. Para entonces la ciudad se había ganado la reputación de ser la más violenta de Colombia: una media de 350 homicidios anuales por cada 100.000 habitantes. Mientras tanto, los guerrilleros seguían reclutando. En su último año del colegio, Daniel y varios de sus compañeros recibieron propuestas del ELN:

Teníamos dieciocho años, estábamos terminando el colegio y no sabíamos bien qué hacer, eso es lo que aprovechaban los guerrilleros. Hay muchos jóvenes que no tienen la capacidad económica para seguir estudiando, entonces venían ellos y te decían: "Bueno, aquí te puedo dar un dinero, unas cosas si tú empiezas a ser parte del grupo". Nos decían: "Si tú quieres tener una bicicleta, si quieres plata para salir, para vestir, trabaja con nosotros". Algún amigo te contaba que le habían dado 500.000 pesos por una vuelta, que es ir a mirar si vienen los militares o los paras. O por hacer un mandado, como llevar algo al comandante de otro sector, un mensaje, unas armas. Eras chico, no tenías nada que hacer, ninguna visión de futuro, en tu casa no te hacían mucho caso, y ellos se aprovechaban de eso también.

En Barrancabermeja la desocupación afecta a la mitad de los jóvenes: la violencia era una de las pocas salidas posibles.

No les hablaban de política?

No, no mucho, a veces nos hablaban de su ideología, nos la vendían, que hay que luchar por el pueblo, todo eso, pero a nosotros no nos interesaban esas cosas.

Y nunca te tentó la cuestión?

Sí, tentarme sí me tentó, porque yo no tenía otros recursos económicos, pero hubo personas que me influyeron para que no lo hiciera, amigos, mi familia, el padre Juan José, que me decían que esa no era la manera de salir adelante, que me iban a matar.

Daniel

Daniel empezó a vincularse cada vez más con un grupo de jóvenes de la parroquia de su barrio. Su primer contacto fue su novia, una chica católica que lo convenció de empezar a ir a misa y participar en ciertas actividades navideñas, pero terminó de interesarse cuando le pidieron que organizara un campeonato de fútbol para chicos. Ahí, por primera vez, se sintió útil, respetado.

El padre Juan José, su mentor, lo convenció de que tenía que buscar la forma de ayudar a los demás: lo primero que se le ocurrió fue hacerse médico. Pero nunca podría, porque no tenía el dinero suficiente. Después pensó que podía convertirse en cura e hizo un curso para descubrir si tenía vocación: decidió que no. Cuando terminó el colegio, Daniel se pasó un año sin saber qué hacer. No tenía plata para la universidad, no conseguía trabajo; pasaba buena parte de su tiempo en sus actividades de catequista y animador juvenil. A fin de año le salió una beca para estudiar Higiene y Seguridad Industrial, pero igual no le alcanzó el dinero y tuvo que dejarlo. Más tarde intentaría una carrera técnica de dos años, para tener un oficio, pero tampoco pudo terminarla. Mientras tanto su participación en la parroquia crecía.

Organizaba campeonatos, peñas, bailes, discusiones con los chicos del barrio: la premisa era hacerlos sentir atendidos y ocupar su tiempo libre para que no lo dedicaran a las drogas, el crimen, la violencia política. El padre Juan José les explicaba que no hay paz con explotación, sin dignidad. Daniel fue nombrado representante de los jóvenes de su sector en el Equipo de Animación de la Pastoral, un grupo de la Iglesia dedicado al trabajo comunitario. "En muy poco tiempo ya me había ganado ese lugar", dice, orgulloso. La batalla por Barrancabermeja ya había terminado con el triunfo de los paramilitares. No había más combates en las calles, pero los nuevos dueños también tenían sus ideas:

Ellos se creían nuestros papás. No sé con qué autoridad moral cogían a los chicos y los ponían a "voltear": correr, saltar, flexionar hasta que vomitaban, como para disciplinarlos, para que no estuvieran en las calles, no se drogaran, no robaran.

Y, si no les hacían caso, los paramilitares los ponían desnudos o rapados en una esquina con un letrero que decía: "soy mariguanero", por ejemplo. Y, en última instancia, los mataban. Eso, por no hablar de lo que les pasaba a los de un grupo sospechado de colaborar con otro. Por eso, Daniel y sus amigos siempre tuvieron claro que para sobrevivir había que cuidarse mucho. La Iglesia es de las pocas instituciones que los grupos armados en general toleran: para un chico con inquietudes sociales, es una de las escasas posibilidades de hacer algún trabajo en su comunidad y seguir vivo. En 2003, el ministerio de Bienestar Familiar firmó con la diócesis de Barrancabermeja y la Corporación Desarrollo y Paz un acuerdo para lanzar una campaña de educación en salud sexual y reproductiva, con el apoyo del Fondo de Población de las Naciones Unidas. Daniel fue uno de los elegidos para aprender y, a su tiempo, enseñar. Ahora sigue trabajando en ese proyecto con chicos de entre siete y dieciséis años. Daniel empieza preguntándoles por la escuela, cómo les va, qué problemas tienen, los ayuda. Y después pasa a hablarles de la cuestión del género:

La mami qué hace en la casa?
Bueno, la mami lava.

Y ustedes la ayudan a lavar?
No, porque eso es para las mujeres.

Y en serio eso es para las mujeres? Tú, niña, por ejemplo, la ayudas a limpiar?
Sí, la ayudo.

Y tu hermano la ayuda?
No, porque mi papá dice que eso es para las mujeres. Las mujeres están para la casa y los hombres para el trabajo.

Y tú crees eso?

Los diálogos se van enriqueciendo y, en general, llegan adonde Daniel quiere: principalmente, a mostrarles a los chicos que hay otras formas de ver a hombres y mujeres, sus deberes y derechos. Es complicado y es, de algún modo, la parte más fácil. Más difícil es explicarles a los chicos cómo cuidar su cuerpo, cómo respetarlo, porque siempre llega un punto de conflicto: la posición de la Iglesia católica frente a las relaciones sexuales y a los métodos anticonceptivos.

La Iglesia no quiere promover las relaciones sexuales entre los jóvenes. Pero sí quiere que cada cual cuide su cuerpo, que es el templo del espíritu. Nosotros decimos que tú como persona tienes tus deseos, pero tienes que cuidarte, quererte, valorarte. Si estás en una relación y crees que llegó el momento oportuno para tener relaciones sexuales, porque hay amor y hay fidelidad, entonces tienes que cuidarte, y para eso tienes que saber cuáles son los métodos. ¿Y no hay gente de la Iglesia que se enoja si ustedes reparten preservativos, por ejemplo?

No, es que nosotros no repartimos preservativos.

Pero los recomiendan.


Sí, los recomendamos pero no los repartimos. Es cierto que quizá lo que decimos no está en la línea de lo que dice la Iglesia. Pero lo hacemos de manera muy precavida, porque no estamos invitando a los chicos a que tengan relaciones sexuales, más bien les proponemos que mantengan una vida sexual responsable y placentera.

Tú ves la contradicción…

Sí, la veo, pero también siento que estamos haciendo algo por la comunidad, y que este es el modo en que podemos hacerlo.

Este año, Daniel empezó a estudiar etnoeducación en una universidad a distancia, porque quiere dedicar su vida al trabajo social. Ya lleva seis años con una chica tres años menor que él, Diana Marcela, con quien tiene "una relación responsable y placentera". Cuando ella debe aplicarse sus inyecciones anticonceptivas, él la acompaña y –cuenta– todos lo miran como si hiciera algo muy raro. Daniel dice que en cuanto pueda va a formar un hogar y tener hijos y seguirá haciendo lo que pueda por los demás. Pero las muertes no dejan de acechar.

En mi barrio últimamente mataron a varios y nadie dice nada. Ahora hay una tranquilidad aparente. Siguen asesinando, pero todo queda ahí, no se denuncia, no sale en los diarios.

Te da miedo de que te pase algo así?
to you?

Sí, claro, en cualquier momento te puede pasar, de pronto no le caíste bien a alguien y ya.

Y no te desanimas?

Sí, a veces me desanimo, por estas cosas o por otras. Pero entonces voy y converso con Dios y él me da aliento, de distintas maneras, con sus cositas, me dice que siga adelante.

Cuáles son "sus cositas"?


Ésta, por ejemplo, que ustedes me hayan elegido para estar en un lugar tan importante como éste. Eso es porque Dios lo quiso, para mostrarme que voy por el buen camino, que lo que estoy haciendo vale la pena. Esas son sus cositas.

JÓVENES, RELIGIÓN E INSTITUCIONES RELIGIOSAS
La religión es parte de la cultura de muchos jóvenes, contribuye a formar sus identidades y los ayuda a moldear su vida adulta. A través de la religión desarrollan las creencias, los valores y las normas que los ayudarán a encontrar su camino en el mundo.

Los jóvenes parecen estar de acuerdo con sus padres respecto a la religión, especialmente en los países en desarrollo. Según un estudio sobre bienestar llevado a cabo por MTV Networks International (MTVNI) en 2006, los jóvenes del mundo en desarrollo son más religiosos que sus pares del mundo desarrollado.1

Más de la mitad de los indonesios, brasileños e indios de entre 16 y 34 años afirmaron ser religiosos, frente a uno de cada cuatro en los Estados Unidos y uno de cada diez en Suecia y Alemania. También hubo una correlación positiva entre el compromiso activo con la religión y los niveles de felicidad. Aun así, los jóvenes tienden a participar menos que sus mayores en organizaciones eclesiásticas y de caridad.2

Las instituciones religiosas contribuyen al desarrollo luchando contra la pobreza y proveyendo redes de seguridad para marginados y pobres. Embarazos e hijos no deseados garantizan la subsistencia de la pobreza de una generación a la siguiente. Para romper este eslabón es necesario informar a los jóvenes sobre su salud y derechos reproductivos y de esta manera darles la posibilidad de decidir cuántos hijos tendrán y cuándo. Muchas instituciones religiosas consideran la salud sexual y reproductiva de los adolescentes un tema demasiado delicado. Otras, como el programa del Magdalena Medio, están más dispuestas a ayudar a jóvenes como Daniel a encontrar su camino. Estas valientes instituciones comprenden que darles a los jóvenes la base para tomar decisiones informadas es ayudarlos a planear un futuro mejor. En la era del VIH/SIDA, entienden que el desconocimiento podría costarles a los jóvenes no sólo una vida mejor, sino la vida misma. Las asociaciones con instituciones y líderes religiosos también ayudan al desarrollo de las comunidades. Por ejemplo, ciertas escuelas religiosas, como las jesuitas Fe y Alegría de Venezuela, integran en sus programas la construcción de comunidad, el entrenamiento de capacidades y el desarrollo de liderazgo.3

En Ghana, una red de organizaciones intercredos brinda educación y servicios a comunidades locales, lo que incluye crear conciencia sobre la prevención del VIH y los embarazos entre los jóvenes.4

Los líderes religiosos pueden movilizar a las comunidades, ayudar a la construcción de la opinión pública y denunciar prácticas perjudiciales. A menudo colaboran en los esfuerzos para erradicar la mutilación genital femenina. Así, el líder de la Iglesia Ortodoxa Etíope ha dado su apoyo a una campaña nacional para poner fin al matrimonio infantil.5

Dada la importancia de la religión en las vidas de los jóvenes, los programas de desarrollo deben involucrar a instituciones y líderes religiosos y a los jóvenes mismos para buscar un terreno común y promover el cambio en forma conjunta. Los trabajadores del desarrollo deberían lograr el apoyo de los líderes religiosos para llegar a los jóvenes, enfrentar problemas como la violencia de género, terminar con prácticas tradicionales perjudiciales, alentar la responsabilidad masculina y mejorar la información y los servicios de salud sexual y reproductiva.

La Iglesia no quiere promover las relaciones sexuales entre los jóvenes. Pero sí quiere que cada cual cuide su cuerpo, que es el templo del espíritu.


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