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Jiigee

Pastor Mongol: Un Celular y La Fiebre del oro en la Estepa, Entre la Cultura Local y la Globalización


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Al principio le costó aprender a cabalgar. Jiigee ya tenía siete años cuando se dio cuenta de que el caballo tenía más miedo que él, y aprendió a mostrarle quién mandaba. Un niño mongol tiene que ser un buen jinete: sobre todo un niño pastor mongol criado en medio de la estepa.

Jigjidsuren, que todos conocen como "Jiigee", nació en 1985 en algún rincón del distrito de Bat-Ulzii, provincia de Uvurkhangai, Mongolia central. Sus padres eran pastores nómades, así que el lugar exacto de su nacimiento no está del todo claro, pero no fue muy lejos de donde vive hoy: los pastores mongoles ya no se desplazan grandes distancias; sólo unos pocos kilómetros, según las pasturas y las estaciones. Jiigee siempre vivió entre esas colinas suaves, verdes en primavera y blancas en invierno, donde las temperaturas pueden trepar hasta los 35 grados en julio y descender hasta los 40 bajo cero en diciembre; donde el vecino más próximo vive a kilómetros de distancia y es fácil pasarse mucho tiempo sin ver a ningún desconocido; donde la vida es bastante parecida a como ha sido durante siglos.

No, yo no fui a la escuela. Mi padre me necesitaba aquí, trabajando.

Los pocos chicos analfabetos de Mongolia provienen de familias de pastores que viven lejos de cualquier escuela y que no quieren o no pueden ir pupilos. Cuando Jiigee alcanzó la edad escolar, su padre se había enfermado y necesitaba que su hijo lo ayudara a cuidar los rebaños. Así que su instrucción fue en los saberes pastoriles. Lo primero que hice, cuando tenía cinco o seis años, fue aprender a cuidar las ovejas.

Y cuál es la clave?

Lo más importante es conseguir que engorden. Mi padre me enseñó cuáles eran los lugares donde comían mejor.

Jiigee dice que un buen pastor tiene que conocer bien las enfermedades de los animales, saber qué hierbas les hacen bien y cuáles mal. Y saber cuidarlos de diversos peligros: el frío, los lobos, los ladrones. Es cierto que parece que hay menos lobos que antes, dice, y más ladrones. Muchas veces ha tenido que disparar a los lobos, y a un amigo hace poco le robaron como un tercio del rebaño. Jiigee dice que eso antes no pasaba. Su padre también le enseñó que un perro no siempre es bueno porque las ovejas le temen demasiado, que las ovejas no deben temer a su pastor sino quererlo, respetarlo: cuando las ovejas lo ven, dice Jiigee, van a buscarlo, porque saben que él las va a llevar al agua, a la comida. A sus ocho años, Jiigee pasó de curso: las vacas son más tranquilas, más serenas, pero a veces su rebaño se mezclaba con otro y tenía que reconocer y separar a las suyas. Y al año siguiente empezó a ocuparse de los caballos, que son más rápidos y más inquietos pero más cómodos, porque todos siguen al potro que lidera la manada.

Y ése fue el último paso?

No, después vienen las cabras.

Recién al final? Las cabras son las más difíciles?

En la primavera, cuando tienen crías, se complica, porque a veces no las cuidan y tenemos que cuidarlas nosotros: ponerlas con sus madres para que coman y no se nos mueran.

Y cuáles son los animales que prefieres?

Las cabras y las ovejas. Son las que más me necesitan. Tengo que salvar a los chiquitos, tengo que cuidar lo que comen, tengo que estar atento cuando vienen los lobos. Son animales que esperan mucho de ti, te piden mucho…

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Cuando Jiigee tenía diez años su padre murió, y su hermano mayor y su madre quedaron a cargo del rebaño y de la familia. Su hermano se casó, tuvo dos hijas; su madre se fue a vivir al pueblo. Jiigee, mientras tanto, seguía con su vida de siempre: cuidaba los animales, se veía con sus amigos, los hijos de los pastores "vecinos", se divertía muy de tanto en tanto en alguna fiesta, una boda o algún viaje al pueblo, veinte kilómetros más abajo. Pero a sus dieciocho o diecinueve años, su madre y su hermano empezaron a insistir para que se casara: así podría tener su propia familia, su propio ger –la tienda tradicional mongola–, sus propios animales. A Jiigee le gustaba la idea de volverse independiente, pero es tímido y en la estepa no es fácil conocer chicas. Algún amigo le habló de alguna, su madre trató de informarse, pero no resultaba. Hasta ese día de primavera, hace más de dos años. Se le habían escapado unos caballos, y Jiigee los tuvo que perseguir treinta o cuarenta kilómetros. En un momento se paró en el ger de unos pastores y les preguntó si los habían visto. Le dijeron que no pero Jiigee, en cambio, vio a una chica que le llamó la atención. Y ella le devolvió las miradas, las sonrisas. Marta tenía diecinueve años; unos días después, Jiigee volvió a verla, y después otra vez, y otra. Cuando empezaba el verano, Jiigee invitó a todos sus amigos y parientes a que lo acompañaran, para que los padres de ella vieran que era una persona con poder y respeto suficientes para ser su yerno. Jiigee y Marta se casaron un mes más tarde, y pronto ella quedó embarazada.

Tu vida cambió mucho?

Sí, muchísimo.

Es mejor o peor?
orse?

Mucho mejor. Ahora tengo mis propias cosas, y la vida me parece más interesante. Tengo más responsabilidades, me siento más hombre. Y después cuando nació mi hija Byambadolgor me sentí tan feliz. Dos años atrás yo era sólo un soltero, y en cambio ahora tengo mi ger, mi familia, mis animales, mis descendientes que van a seguir mi camino… Ahora sí que soy un hombre.

Su madre y su hermano le dieron los animales que le correspondían y lo ayudaron a construir su ger. El ger es el centro de la cultura pastoril mongola: una tienda redonda, de unos seis metros de diámetro, armada sobre una estructura de madera pintada de colores, con un techo cónico y una puerta decorada. El ger se monta o se desmonta en pocas horas y contiene todos los objetos de la familia: en el medio, la estufa de hierro que calienta y cocina; a los costados, contra la pared de tela, un par de camas –que de día son asientos–, los armarios, el espejo, las fotos de familia, el pequeño altar, un reloj. En el ger de Jiigee hay un televisor chiquito.

Tengo electricidad porque conseguí ese panel solar que está ahí afuera. Se lo cambié a un hombre por una vaca. Así, cuando hay sol, puedo usar la tele y esta lámpara.

Hace un año, Jiigee se compró un celular y dice que le mejoró mucho la vida: ahora puede hablar con su madre, que vive en el pueblo, con sus parientes y amigos. Y, sobre todo, ha descubierto que puede ayudarlo a ganar dinero. En marzo pasado, el comerciante que cada año le compra la lana de cashmir le ofreció, como siempre lo había hecho, un precio bajo. Pero esta vez, Jiigee llamó a un par de amigos del pueblo que le dieron el precio de mercado.

El comerciante no tuvo más remedio que pagárselo y Jiigee se sintió tan bien: ya no era un pobre pastor tonto al que cualquier tipo de la ciudad podía engañar. El ger huele a carne y té con leche: cada forastero que llega es recibido con sonrisas y algo de comer. El deber de la hospitalidad es básico entre los nómades. Jiigee dice que mañana mismo van a tener que desarmar el ger para ir a buscar los pastos del verano. Las tierras de la estepa mongola no tienen dueño: cada cual busca un lugar, lo usa, lo deja. A veces, dice Jiigee, van a un lugar que ya está ocupado por otra familia, y tienen que irse más lejos.

Y nunca se pelean por un lugar?

No, para qué? Siempre se puede encontrar otro.

Los días de Jiigee están regulados por la luz solar y por las estaciones. Cada mañana se levanta al alba, come el desayuno: té con mucha leche y sal y algún trozo de carne o de queso. Después abre el corral de las ovejas y cabras para que puedan salir y se pone a limpiarles el corral; mientras tanto, su mujer ordeña las vacas. Hacia las ocho se va a cuidar a las cabras y ovejas. Son tres o cuatro horas de cierta calma: se recuesta en el pasto y mira a sus animales, a veces se duerme una siesta o piensa cosas: cómo va a acrecentar su rebaño, cuánta lana venderá este año, cómo será la vida de su hija.

Quieres que vaya a la escuela?

Sí, claro.

Pero tú no fuiste y no te va mal… ¿Por qué quieres que ella vaya?


Sin ir a la escuela se puede hacer mi vida, cuidar a los animales, vivir en el campo. Pero yo querría que mi hija estudiara, que aprendiera muchas cosas y que se pudiera ir a vivir a la ciudad.

Crees que su vida será mejor si se va a la ciudad?


Esta vida tiene muchos riesgos. A veces hace tanto frío que los animales se mueren y ya no sabes qué hacer. Además en los últimos años llueve menos, todo está más seco. Nuestra vida se está haciendo cada vez más difícil. Si mi hija estudia va a poder tener otra vida, una vida más fácil. Yo nunca estuve en la ciudad, pero amigos me contaron, y vi en la tele, que en las ciudades la vida es más fácil, hay tantas cosas. Hay harina, azúcar, arroz, gasolina, ropas. La gente tiene cosas nuevas, vive en casas con electricidad. Acá no es fácil comprar cosas. Cuando alguien va a la ciudad, yo le pido que me compre lo que necesito.

Y tú no quieres irte a la ciudad?

Yo no tengo educación, ninguna calificación, así que no podría encontrar un trabajo en la ciudad. Para mí es mejor quedarme acá. A mí me gusta mi vida acá, me gustan mis animales. Me gusta saber que ellos me necesitan.

A mediodía, cuando vuelve, Jiigee mira dónde andan las vacas y los caballos, y si se fueron muy lejos los va a buscar. Hacia las dos almuerza, y vuelve a ocuparse de los animales, o va a buscar la leña o la bosta que usarán para el fuego, o unos baldes de agua, o arregla sus herramientas o los corrales. Y más tarde, antes de que caiga el sol –hacia las nueve en verano, las cinco en invierno–, empieza a encerrarlos.

Pero también hay muchas otras cosas que hacer. En marzo, por ejemplo, habrá que esquilar a las cabras, y más tarde a las ovejas. En otoño estarán listas las cremas, los quesos, la leche fermentada para llevar al mercado del pueblo. Y después se hace de noche y Jiigee y su mujer comen algo más –una sopa de fideo, carne hervida, té– y miran un poco de televisión: las noticias, algún debate, un programa de risa, y se van a dormir a eso de las once.

Qué diferencias hay entre la vida de tu padre y la tuya?

Cuando mi padre vivía había agua suficiente. El pasto crecía muy bien, los animales siempre tenían qué comer. Ahora ya no es así, y eso es malo. Pero cuando mi padre vivía no había electricidad, teléfono celular ni coches.

Cuál de las dos épocas prefieres?

Yo prefiero la época de mi padre, porque en esa época la naturaleza era mucho mejor. Llovía más, había menos vientos, los animales empezaban a comer buena hierba en marzo. Ahora ya no hay hasta junio…

Y por qué pasa todo eso?

Por las minas de oro. Antes estaba prohibido. Ahora hay minas de oro por todos lados, son como hongos, y realmente arruinan la naturaleza. Usan demasiada agua, arruinan demasiada tierra.

Jiigee está preocupado: dice que si no paran de buscar oro la vida de los pastores va a ser cada vez más difícil.

Cada vez va a haber menos pastores y más mineros y más gente pobre.

Y no quieres ser minero?

No. No conozco a nadie que se haya vuelto rico buscando oro. En general sacan un poquito, sobreviven…

Y conoces a alguien que se haya hecho rico como pastor?

Sí, claro. El pastoreo hace que la gente sea más rica y más feliz.

Cómo? Cuál es tu plan?

Mi plan es aumentar el número de mis animales, ahora tengo 160. Y entonces podré vender más animales cada año y quizás comprar un camión… ahora sólo tengo una moto. Necesito tener plata para que mis hijos vivan bien.

Y cuál es el objeto que más querrías tener?

Un jeep. Con un jeep podría traer más agua, leña, mudarme… La vida sería más fácil con un jeep.

Pero el jeep es para trabajar. ¿No quieres algo que te daría gusto?

Sí, un caballo. Me gustaría comprarme un caballo que corriera muy rápido, para ganar la carrera del pueblo.

A Jiigee se le iluminan los ojos cuando dice eso. Al fin y al cabo, es un pastor mongol.

JÓVENES + NUEVAS TECNOLOG�AS DE LA INFORMACIÓN Y LA COMUNICACIÓN = UNA FÓRMULA PARA EL CAMBIO CULTURAL
Entre los años 2000 y 2003 se sumaron casi 500 millones de teléfonos móviles a la red global sólo en los países en desarrollo,1 y hoy más de 250 millones de personas de esos países utilizan Internet.2

Los jóvenes han crecido con las nuevas tecnologías de la comunicación, y a menudo son los primeros en encontrarles nuevos usos. El acceso varía mucho, pero en varios de los países en desarrollo el 40 por ciento o más de los usuarios de Internet son jóvenes.3

En Indonesia, poco más del 20 por ciento de la población total tiene acceso a Internet, pero el porcentaje dentro del grupo de 15 a 19 años es marcadamente mayor.4

Las experiencias de los jóvenes de los países en desarrollo demuestran que Internet y los teléfonos móviles están generando un impacto profundo.5

Ya han producido cambios en la cultura y los hábitos de consumo juveniles, y en las actitudes respecto a la ciudadanía y el activismo.6 Su naturaleza interactiva y descentralizada ofrece posibilidades para la educación y el empleo; y como lo demuestra la historia de Jiigee, oportunidades que las comunicaciones tradicionales no pueden igualar.

La comunicación instantánea abre el mundo a los jóvenes, pero también los distancia de la sociedad tradicional y a veces los pone en conflicto con ella. Los valores de la nueva cultura juvenil no siempre armonizan con las formas de pensar y actuar establecidas. El desafío es encontrar el equilibrio entre las dos culturas. En sus diferentes aspectos –no sólo las nuevas tecnologías, sino las economías de mercado abiertas, el crecimiento de la actividad empresaria y la tendencia a una mayor democracia–, la globalización ha acarreado una mayor libertad de elección; pero también ha incrementado la desigualdad y la inseguridad para los jóvenes de hoy.7

Aunque se adapten más fácilmente a la globalización y a lo que ésta tiene para ofrecer, muchos jóvenes no se han beneficiado de ella, especialmente en los países en desarrollo,8 donde la pobreza y la educación inadecuada les impiden avanzar.9 Los jóvenes no rechazan la globalización en sí misma, pero expresan preocupación por algunas de sus consecuencias, como la degradación ambiental y la desigualdad en la distribución del ingreso y la riqueza. En la última década, su preocupación se ha vuelto global.

Coaliciones de organizaciones no gubernamentales, grupos estudiantiles, organizaciones políticas y activistas de derechos civiles piden una distribución más equitativa de oportunidades y beneficios.10

La historia de Jiigee muestra que las poblaciones pobres y tradicionalmente en desventaja pueden beneficiarse con las nuevas tecnologías. Se podría contar muchas veces una historia similar: en el estado indio de Kerala, por ejemplo, los pescadores utilizan mensajes de texto para averiguar dónde atracar con su pesca para obtener el mejor precio.11

En algunos países, los programas de salud sexual y reproductiva envían a los jóvenes mensajes de texto con información sobre prevención del VIH. Las nuevas tecnologías pueden difundir el conocimiento y la información, brindar canales para el empleo y la educación y aumentar las oportunidades de participación de los jóvenes. Internet es una ventana a través de la cual los jóvenes y sus culturas reciben nuevas ideas y valores: pero se necesita mucho esfuerzo para cerrar la "brecha digital" y permitir que más gente acceda a las nuevas tecnologías.

"Si mi hija estudia va a poder tener otra vida, una vida más fácil. Yo nunca estuve en la ciudad, pero amigos me contaron, y vi en la tele, que en las ciudades la vida es más fácil…"


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